
David Cronenberg siempre ha sido el maestro de lo visceral, el director que ha llevado el cuerpo al límite para mostrar su fragilidad, su monstruosidad y su vulnerabilidad. Sin embargo, en Los Sudarios abandona la carne abierta y se adentra en un territorio más íntimo: el de la memoria, el duelo y la imposibilidad de seguir adelante cuando se ha perdido aquello que definía la vida.
La película parece más cercana a la estructura de una novela gráfica que a un drama convencional. Los encuadres, los movimientos calculados de la cámara, los personajes casi recortados sobre el fondo, transmiten la sensación de que cada plano es una viñeta cuidadosamente dibujada. No hay improvisación: todo responde a una estética rígida, hipnótica.
Vincent Cassel, lejos de un personaje violento, interpreta a un hombre herido que busca en la tecnología un modo de retener a su esposa muerta. Su oscuridad nunca estalla del todo: apenas se insinúa en comentarios irónicos, en la sombra de negocios turbios, en el modo en que Cronenberg lo viste de alter ego, entre lo grotesco y lo jocoso. Diane Kruger y Guy Pearce, irreconocibles, aportan capas a la figura ausente de Becca: sirven para recordarnos que nadie es solo lo que queda en la memoria de quien ama, sino un conjunto de contradicciones, virtudes y defectos.
La idea de los sudarios es, quizá, lo más brillante de la película. Objetos espectrales y bellísimos, con un aura entre lo bélico y lo ritual, que evocan tanto armaduras de samuráis como fantasmas metálicos de otro mundo. La escena en que Cassel se cubre con uno de ellos es de las más potentes: allí Cronenberg condensa su obsesión por la memoria, el cuerpo y la imposibilidad de soltar. ¿Qué significa observar la descomposición de quien hemos amado? ¿Hasta qué punto ese gesto de querer conservar lo perdido no se convierte en una condena a revivir el dolor una y otra vez?

Los Sudarios plantea preguntas incómodas: ¿amamos a las personas reales o a las idealizaciones que fabricamos de ellas? ¿Qué ocurre cuando la imagen se rompe y descubrimos que el amor quizá no resistía fuera de la fantasía? ¿Nos mantenemos fieles a una memoria, aunque esté llena de silencios y proyecciones, o aceptamos que el otro era más humano, menos perfecto, de lo que quisimos ver?
No es una película que busque complacer. No hay clímax sórdido ni revelación brutal, como cabría esperar de Cronenberg. El final resulta casi normal, humano: seguir adelante, sobrevivir; y quizá sea esa sencillez la que más incomoda, porque nos obliga a enfrentarnos a lo que todos sabemos, pero rara vez admitimos: que no existe sustituto posible para un vínculo verdadero, que tras la pérdida solo queda un vacío que tratamos de llenar con rituales, recuerdos o fantasmas.
Estrenada en España exclusivamente en Filmin, Los Sudarios no pasará por las salas de cine. Una decisión que puede decepcionar a quienes buscan la experiencia de Cronenberg en pantalla grande, pero que refuerza la idea de que esta obra es más íntima, más para ser contemplada en soledad que compartida en un auditorio.
Los Sudarios no es para cualquiera. Solo quien se acerque con paciencia, dispuesto a dejarse hipnotizar por su lenguaje visual y a habitar su ritmo lento, encontrará belleza en su propuesta. Es un Cronenberg menos visceral, pero igual de inquietante. Un Cronenberg que ya no necesita mostrarnos vísceras para recordarnos que el cuerpo, la memoria y el amor están condenados a la misma fragilidad.
